Absolutamente todos los textos de este blog son obra mía.
Por favor, no los robes ni los distribuyas sin mi consentimiento. Gracias.

17/12/09

Vértebra a vértebra

Con veintidós años su menstruación todavía no era regular. Iva y venía a su antojo, jugando a ser el fantasma de la niña de coletas rubias de años atrás. Podían pasar meses sin que el viejo espectro se decidiese a aparecer, hasta que un día, a causa de una lastimera rabieta infantil o de alguna llantina peliculera, acudía. A medida que los días discurrían el tierno alter ego prepúber se encarnaba en un ser voluptuoso y lascivo. Semidesnuda, delante del espejo del vestuario de enfermeras, pasaba con frenesí su mano sobre el sexo. Se abría su boca se abrían sus ojos se le abrían todas las puertas del cuerpo. Al jadear, gotas de saliva caían sobre sus pechos, los tocaba, los manchaba con la sangre que manaba de sus entrañas. Y aceleraba el ritmo, sintiéndo sobre su mano un fluído caliente arrastrando consigo un bíblico río rojo, que se abría paso entre aquellas paredes vivas. Vértebra a vértebra, como el arpa que interpreta el preludio de su propio Apocalipsis, el arco de su espalda iba muriendo de éxtasis sobre el suelo.

06/12/09

Tirita roja con dinosaurios

No habría podido mirarlo de ninguna otra manera, porque los niños de 7 años saben mirar a los violinistas que tocan bajo los soportales de pierdra de las ciudades lejanas al sol de una sola manera. Con adoración, embeleso y arrobo. Y muchas tiritas en los dedos porque le ha estallado un vaso de leche en el microondas y se ha cortado intentando limpiar antes de que Helena llegase a la cocina y dijese esas palabras que él tiene prohibidas. Tenía una cajita de latón a sus pies, de las de galletas danesas, y la gente, al pasar, dejaba monedas en ella. Uxío querría tener todas las monedas de un céntimo del mundo para dejarlas caer en la caja y que tintineasen con ese ruído brillante que tanto le gustaba. Por fortuna tenía algo mejor. Mirándose las manos detenidamente, arrancó del anular izquierdo una tirita especialmente bonita, roja, con dinosaurios y la dejó en la cajita oxidada, como un regalito silencioso entre las estruendosas monedas.
Se acercó al violinista y le indicó que se agachase, amparado por la melodía, que no cesó ni un segundo, le habló al oído.
- Es para tu herida, la del dedo, que se está poniendo fea.