Desde que iba a clase de inglés, Agustín había aprendido muchas cosas. Más allá de lo aleatorio de la fonética o de la simplona gramática sajona. Se acordaba de cuando era joven -vestía de negro para protestar por no sabía bien qué- y los días se ilustraban con el humor ácido de Mingote. "Don't let me down" salía de aquel tocadiscos de segunda mano, traído de Suíza, y él cantaba, pronunciando como podía, sin saber lo que decía, sin entender nada.
Ahora que era consciente de que había entonado "No me falles" a pleno pulmón y se sentía desencantado. Tal vez habría sido mejor seguir sin comprender nada, la música le decía más que las palabras de un idioma ahora conocido. O, lo que es más, las palabras de significado ignoto auspiciaban algo más intenso que lo que en realidad decían. "No me falles" (!)
30/01/10
09/01/10
Del vestido de Léonie
Cuando Mme. Irène la encontró, Léonie vivía bajo los puentes del Seine -de los que pierden el norte, dice el cantautor- como una clocharde. Buscaba comida en los contenedores, dormía sobre los conductos de ventilación del Metropolitain y, haciéndose la borracha, hablaba con escritores noveles en busca de alguna historia morbosa. Aquello les encantaba, y solía estar bastante bien remunerado, sobretodo cuando decía algún disparate memorable digno de ser editado verbi gratia: "Las aceras sirven para que cuando la gente se tire de las azoteas no atraviesen el techo de los carruajes."
Tenía 17 años y de huérfana violada a la intemperie en una aldea remota de Île Noirmountier a puta bajo techo en París veía una mejora considerable. Aceptó sin pensar. Mme. Irène la ayudó a bañarse, le dio toallas limpias y le indicó cual sería su cuarto a partir de entonces.
- Tendrás que tener un vestido para ponerte de noche- le dijo-. Yo te lo daré, pero tendrás que devolverme el dinero.
- Eso no es problema.
Como si de un coral que emerge de la arena se tratase, sacó un vestido rojo, de seda impecable, de su bolsa de arpillera que sólo habría podido contener comida rancia y vomitonas a juzgar por su olor.
- ¿De dónde has sacado eso, chère?
- Me lo dio un hombre que solía venir al bistreau de mis padres en Île Noirmountier. Me dijo que lo había encontrado dentro de una concha de mejillón que crecía pegado al ancla de su barco.
Tenía 17 años y de huérfana violada a la intemperie en una aldea remota de Île Noirmountier a puta bajo techo en París veía una mejora considerable. Aceptó sin pensar. Mme. Irène la ayudó a bañarse, le dio toallas limpias y le indicó cual sería su cuarto a partir de entonces.
- Tendrás que tener un vestido para ponerte de noche- le dijo-. Yo te lo daré, pero tendrás que devolverme el dinero.
- Eso no es problema.
Como si de un coral que emerge de la arena se tratase, sacó un vestido rojo, de seda impecable, de su bolsa de arpillera que sólo habría podido contener comida rancia y vomitonas a juzgar por su olor.
- ¿De dónde has sacado eso, chère?
- Me lo dio un hombre que solía venir al bistreau de mis padres en Île Noirmountier. Me dijo que lo había encontrado dentro de una concha de mejillón que crecía pegado al ancla de su barco.
Dramatis personae:
Léonie,
Pescador de ballenas
